Que lo sepas...
“Durante mucho tiempo estuve pensando que la vida, la vida de verdad, estaba aún por empezar. Pero siempre había un obstáculo en el camino, algo que debía solucionarse en primer lugar, algún asunto inacabado, ocupaciones, deudas por pagar. Finalmente me di cuenta de que todos esos obstáculos eran mi vida. Esta forma de ver las cosas me ha enseniado que no existe un camino hacia la felicidad. La felicidad es el camino. Así que valora cada momento que vivas y recuerda que el tiempo no espera por nadie. La felicidad es un viaje, no un destino." (Souza)
San Pedro de Atacama, Chile
Viajamos toda la noche y llegamos a San Pedro de Atacama a las diez de la mañana. El hostal es una casa con patio y todos los cuartos alrededor de éste tienen una pequeña terracita. Todo de adobe, muy bonito y acogedor. Lavamos ropa a mano, compramos comida y cocinamos en el hostal. Dimos un paseo por el pueblo. Todas las casas son de adobe. Las calles, de pura tierra. La iglesia, blanca inmaculada y la plaza, arbolada y sombría. Es el sitio perfecto para pasar un fin de semana tranquilo y olvidarte de todo. Contratamos en una agencia una excursión para esa misma tarde, así que después de una pequeña siesta nos fuimos a la aventura. Primero vimos parte del desierto de Atacama. Paseamos por una quebrada repleta de vegetación por donde corría un río. Era como una vena abierta de vida corriendo por la aridez más honda. El verde resaltaba sobre el naranja de la tierra y la arena.
Conocimos el pueblo de
Toconao y nos dirigimos al salar. Después de haber estado en el Salar de Uyuni, cualquier otro se queda corto, pero aún así tuvo su encanto. Disfrutamos del atardecer y de los volcanes de los Andes anaranjados por la luz. Otra vez vimos flamencos. Regresamos a San Pedro ya de noche. Compramos todo lo necesario para cocinar una tortilla de patata. Yo soñaba con ella desde por la mañana, pero al final lo que comimos fue un revuelto de papa. Las sartenes no servían.
-Ana-
Sin sol
Regresábamos en autobús de ver la magnífica puesta de sol en el Salar de Atacama, sobre la laguna Chaxas. El cielo, en su lado oeste, tenía una pegajosa tonalidad anaranjada, aún bastante luminosa. Por el lado este, el negro iba apoderándose del azul.
Al acercarnos a San Pedro los algarrobos se recortaban contra el cielo y el negro absoluto de sus perfiles convertía, por el contraste, en luminosa la mezcla naranja-azul del horizonte. Los algarrobos parecían ausencias, elementos faltantes que alguien, seguramente un niño al hacer las tareas de la escuela, había tijereteado blanda y pacientemente.
-Luis-

San Pedro de Atacama, Chile
Nos levantamos a las tres y media de la mañana y a las cuatro vinieron a buscarnos para ir a ver los géiseres. El viaje fue de dos horas por la desértica puna, todavía de noche. Altura: 4320 metros. Temperatura: -8ºC. Llegamos al campo geotérmico, todo el suelo manaba humo blanco. El agua que había en el suelo hervía constantemente. Es algo extraordinario. Aprendimos la diferencia entre fumarola (salida constante de vapor de agua, en forma de chimenea), géiser (salida intermitente de agua y vapor, suelen ser periódicos) y fuente termal (salida constante de agua caliente que forma una piscina natural).
De regreso fuimos parando por el desierto para ver aves, vicuñas, avestruces y todo animal que se nos cruzaba. Paramos en un pueblo de la puna en donde no había nadie. Todo muy interesante, pero cansado.Dormimos una siesta y paseamos por el pueblo. Después de cenar y antes de que el sueño nos venciera de nuevo salimos para observar las estrellas.
-Ana-
Fumarolas
Uno no se acostumbra del todo. A pesar de llevar meses caminando por y entre volcanes; a pesar de llevar meses recorriendo ciudades que han sufrido, en el mejor de los casos, una demolición completa por causa de un terremoto; a pesar de llevar meses contemplando fenómenos como aguas termales, lodos en ebullición o géiseres. Uno no se acostumbra del todo y, cuando está uno en medio de una llanura dominada por un volcán enorme al que le salen pelos de loca en forma de fumarolas por unos cuantos agujeros, uno se siente chiquito y, paradógicamente, sólo quisiera ser grande, muy grande, para alejarse a grandes zancadas de allí.
Amanecer de luna
Camino con dificultad en la oscuridad casi total de la noche. Trato de localizar, con la ayuda de una pobre linterna, un lugar desde el que poder contemplar bien el cielo estrellado. Me alejo del pueblo todo lo que puedo. Parece que el desierto de Atacama es especialmente bueno para eso, por la falta de humedad en el aire, lo que facilita la visibilidad. Tengo un pequeño mapa celeste arrancado de una revista. Busco y rebusco y no soy capaz de ver nada. Necesito encontrar un punto, una referencia que me ayude a tirar del hilo y situar todas las constelaciones. El cinturón de Orión me da la clave y, cuando estaba ensimismado descubriendo una por una las distintas agrupaciones de estrellas (Taurus, Andrómeda, Acuarius,...), aparece un pico de una enorme luna sobre la línea de volcanes, al noreste.
Con bastante rapidez va ascendiendo y, con la misma rapidez, una intensa luz ilumina las ondulaciones del desierto. Parece que hoy es su primer día de menguante, porque le falta un pedacito para estar completa.
Estoy subido a un montículo y mi sombra se alarga más de diez metros hacia atrás.
Las estrellas se difuminan y pierden intensidad. Las constelaciones más cercanas a la Luna son difíciles de distinguir ya.
Me descubro conteniendo las ganas de orinar. Un interno sentimiento integrador con el entorno, mi propia parte de naturaleza, me empuja a mear allí mismo, de cara a la luna saliente, en comunión con todos los hombres y todas las cosas. Eso al menos pensaba yo, pero no sé si también las dos chicas inglesas que descubrí sentadas apenas a unos metros a mi derecha.
-Luis-