Huaraz, Perú
Llegamos a Huaraz a las siete de la mañana. Fuimos al hostal y la señora, muy amable, nos dejó entrar a esa hora a nuestra habitación y descansar. Dormimos hasta las doce y salimos a conocer la ciudad.
La Plaza de Armas está reconstruyéndose y nos costó mucho encontrar un parque donde sentarnos a comer unos bocadillos. Por lo poco que hemos visto, Huaraz es una ciudad pequeña y sin encanto. Fue destruída por el terremoto de 1970 y ahí debió de perder su hermosura. La Cordillera Blanca es su máximo atractivo. Montañeros y escaladores de todo el mundo vienen aquí para disfrutar de sus nevados. Nosotros nos vamos a conformar con hacer algún trekking sencillo porque, a parte de que no estamos en forma, llueve cada día.
Visitamos alguna agencia y ya preparamos el plan para los tres días siguientes.
Paseamos sin rumbo. Cenamos demasiado. Dormimos como ceporros.
-Ana-
Que lo sepas...
“Durante mucho tiempo estuve pensando que la vida, la vida de verdad, estaba aún por empezar. Pero siempre había un obstáculo en el camino, algo que debía solucionarse en primer lugar, algún asunto inacabado, ocupaciones, deudas por pagar. Finalmente me di cuenta de que todos esos obstáculos eran mi vida. Esta forma de ver las cosas me ha enseniado que no existe un camino hacia la felicidad. La felicidad es el camino. Así que valora cada momento que vivas y recuerda que el tiempo no espera por nadie. La felicidad es un viaje, no un destino." (Souza)
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LXXXIV (11/11/07) Huaraz, PE
Huaraz, Perú
Vamos al Nevado Pastoruri. Como no hay otra forma de llegar, tenemos que ir con un tour. Este nevado está en la Cordillera Blanca, a 5400 metros sobre el nivel del mar. Nos fueron enseñando algunas cosas interesantes por el camino. Vimos una pequeña fuente de aguas gasificadas, pinturas rupestres bastante maltratadas y un tipo de planta que vive 50 años y florece una vez en su vida (18000 flores y tres millones de semillas). Esta planta llega a medir 15 metros.
Llegamos, antes que la tormenta, a la subida del Pastoruri. Había que subir a pie como una hora, yo para no cansarme demasiado (por el mal de altura sobre todo) el primer tramo lo hice a caballo. Los lugareños te suben a sus caballos y te llevan trotando. Era mi primera vez y me gustó, aunque me acompañó todo el rato el temor de que se desbocara en cualquier momento. Dejé el caballo y me reuní con Luis, que subió andando. Muy despacito fuimos subiendo. La gente bajaba descompuesta. Había cargadores que te podían llevar a borriquito por unos soles, pero mi dignidad me impidió subirme a uno de ellos. Llegué arriba un poco mareada y sin aire, pero entera.
El glaciar era precioso, con cuevas donde el hielo se volvía de color azul, mereció la pena el esfuerzo.
El mareo y el dolor de cabeza me duró todo el día, Luis como una rosa.
Bajamos, comimos tarde en un restaurante de camino y el día no dio para mucho más.
-Ana-
Cargadores
Al comienzo de la ascensión al Pastoruri se puede ver un cartel pintado a mano que anuncia las tarifas establecidas por los cargadores. Niños, mitad que adultos.
Subes, poco a poco, para no forzar mucho la patata, que ya baila desaforada sólo con pestañear. Estamos a cinco mil metros. Ves como muchos de los que bajan lo hacen apoyados en sus compañeros, con náuseas y dolor de cabeza. Oyes las quejas, los suspiros, las frases entrecortadas por la respiración demasiado agitada. Adelantamos a los que creen no poder más, que se sientan en cualquier roca cogelada para recobrar fuerzas.
En medio de ese ejército de heridos por la altura, como buitres olfateando la debilidad, oyes repedida mil veces la pregunta "¿La cargamos, señorita?"
-Luis-
Llegamos, antes que la tormenta, a la subida del Pastoruri. Había que subir a pie como una hora, yo para no cansarme demasiado (por el mal de altura sobre todo) el primer tramo lo hice a caballo. Los lugareños te suben a sus caballos y te llevan trotando. Era mi primera vez y me gustó, aunque me acompañó todo el rato el temor de que se desbocara en cualquier momento. Dejé el caballo y me reuní con Luis, que subió andando. Muy despacito fuimos subiendo. La gente bajaba descompuesta. Había cargadores que te podían llevar a borriquito por unos soles, pero mi dignidad me impidió subirme a uno de ellos. Llegué arriba un poco mareada y sin aire, pero entera.
El mareo y el dolor de cabeza me duró todo el día, Luis como una rosa.
Bajamos, comimos tarde en un restaurante de camino y el día no dio para mucho más.
-Ana-
Cargadores
Al comienzo de la ascensión al Pastoruri se puede ver un cartel pintado a mano que anuncia las tarifas establecidas por los cargadores. Niños, mitad que adultos.
Subes, poco a poco, para no forzar mucho la patata, que ya baila desaforada sólo con pestañear. Estamos a cinco mil metros. Ves como muchos de los que bajan lo hacen apoyados en sus compañeros, con náuseas y dolor de cabeza. Oyes las quejas, los suspiros, las frases entrecortadas por la respiración demasiado agitada. Adelantamos a los que creen no poder más, que se sientan en cualquier roca cogelada para recobrar fuerzas.
En medio de ese ejército de heridos por la altura, como buitres olfateando la debilidad, oyes repedida mil veces la pregunta "¿La cargamos, señorita?"
-Luis-
LXXXV (12/11/07) Huaraz, PE
Nos levantamos temprano y tomamos un busito a Yungay, un pueblo pequeño a unos cincuenta kilómetros de Huaraz. De ahí, un taxi a las lagunas del valle de Llanganuco, 28 km. El valle es muy bonito y desde él se pueden divisar varios nevados.
El taxi nos dejó en la laguna más alejada y nosotros fuimos caminando hasta la segunda laguna por una pista entre paredes de roca y árboles.
La segunda laguna tiene el agua azul turquesa y un sendero que la bordea. Tiene más o menos un kilómetro de largo. Paseamos e hicimos fotos de los nevados de la Cordillera Blanca. Comimos en unos puestos de gente local, maíz y huevo y nos pusimos en marcha, pues queríamos bajar andando por el sendero María Josefa. Fue un paseo de una hora y media hasta el puesto de control. Todo el rato al ladito del río, entre los árboles y, más arriba, las montañas. Me gustó mucho.
Y para completar este bonito día, nos dimos una fiesta gastronómica en la cena.
-Ana-
LXXXVI (13/11/07) Huaraz, PE
Huaraz, Perú
Otra vez nos vamos de excursión. En realidad el pueblo de Huaraz no tiene nada pero sus alrededores son fascinantes.
Fuimos a la parte de la Cordillera Negra (paralela a la Cordillera Blanca, pero al otro lado del río Santa) a montar a caballo. Salimos desde un pueblo llamado Yungar, con Eder, el encargado de los caballos y guía. Mi caballo, color canela, se llamaba Canelo y el de Luis, blanco, Cenizo. La primera parte fue todo un camino de subida. Llegamos a un punto donde teníamos unas vistas de la Cordillera Blanca magníficas. Allí estuvimos comiendo y haciendo fotos.
Fue muy interesante también la charla con Eder, sobre su vida y sus costumbres en este pueblito panorámico.
El paseo fue una lucha entre mi caballo, el líder, y el de Luis, el viejo. Canelo no soportaba que Cenizo lo adelantara, así que cuando se acercaba echaban los dos a correr al galope y yo, desprevenida, no hacía más que gritar.
La bajada fue más emocionante, si cabe, porque el camino era un estrechísimo sendero por la ladera de la montaña. La altura, vista desde el caballo, impresionaba doblemente.
Regresamos con todo el cuerpo dolorido, caminando como vaqueros. Descansamos en el hostal, pues esta noche viajamos a Lima.
-Ana-
Fuimos a la parte de la Cordillera Negra (paralela a la Cordillera Blanca, pero al otro lado del río Santa) a montar a caballo. Salimos desde un pueblo llamado Yungar, con Eder, el encargado de los caballos y guía. Mi caballo, color canela, se llamaba Canelo y el de Luis, blanco, Cenizo. La primera parte fue todo un camino de subida. Llegamos a un punto donde teníamos unas vistas de la Cordillera Blanca magníficas. Allí estuvimos comiendo y haciendo fotos.
Fue muy interesante también la charla con Eder, sobre su vida y sus costumbres en este pueblito panorámico.
El paseo fue una lucha entre mi caballo, el líder, y el de Luis, el viejo. Canelo no soportaba que Cenizo lo adelantara, así que cuando se acercaba echaban los dos a correr al galope y yo, desprevenida, no hacía más que gritar.
Regresamos con todo el cuerpo dolorido, caminando como vaqueros. Descansamos en el hostal, pues esta noche viajamos a Lima.
-Ana-
LXXXVII (14/11/07) Pisco, PE
Huaraz-Lima-Pisco, Perú
Nueve horas de viaje a Lima. Cambiamos de autobús y otras cuatro horas a Pisco, donde sucedió el terremoto de Agosto. Llegamos a las doce de la mañana. Nos dejaron en la Panamericana y ahí nos recogió un taxi porque el acceso a la ciudad está limitado para autobuses. Las casas que vemos desde el taxi están destrozadas. Hay tiendas de campaña y carpas por todas partes. Ingenuamente habíamos pensado que todo estaría en un estado más avanzado de reconstrucción.
El hotel lo encontramos por internet y lo reservamos por teléfono.
Lo que no sabíamos era que casualmente era uno de los pocos que seguían en pie.
El hotel lo encontramos por internet y lo reservamos por teléfono.
Dejamos las cosas y fuimos a buscar un sitio para comer. Sólo había un restaurante vivo. Por supuesto, comimos en él.
Paseamos y todo parecía en estado de guerra. Los hospitales son de campaña, las casas prefabricadas, escombros por todas partes. Las iglesias están derribadas y bajo los escombros de una de ellas ciento cuarenta personas murieron mientras estaban en misa.
Después de tres meses no hay rastro del alcalde ni de las ayudas monetarias. La gente está descontenta y desilusionada, mientras, viven en la calle sin agua ni luz.
La ciudad no puede ofrecer mucho a los turistas, así que mañana nos iremos.
-Ana-
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