El 21 de Agosto de 2007 empezamos un viaje para recorrer algunos países de Sudamérica: Brasil, Bolivia, Perú, Chile, Argentina y Uruguay. Hemos creado esta bitácora para ir anotando las cosas que pasan a espectadores como usté.
Habrá dos territorios separados: uno lleno de lo que Ana haya visto y el otro no.

Que lo sepas...

“Durante mucho tiempo estuve pensando que la vida, la vida de verdad, estaba aún por empezar. Pero siempre había un obstáculo en el camino, algo que debía solucionarse en primer lugar, algún asunto inacabado, ocupaciones, deudas por pagar. Finalmente me di cuenta de que todos esos obstáculos eran mi vida. Esta forma de ver las cosas me ha enseniado que no existe un camino hacia la felicidad. La felicidad es el camino. Así que valora cada momento que vivas y recuerda que el tiempo no espera por nadie. La felicidad es un viaje, no un destino." (Souza)

XII (01/09/07) Río de Janeiro, BR

Río de Janeiro, Brasil
Visita al Jardín Botánico. Palmeras de todo tipo: gordas, finas, altas, altísimas, con cocos, sin cocos, rectas, torcidas,... Las ceibas y el palo de Brasil fueron las estrellas de la maniana (Brasil lleva su nombre por el árbol que sangra y no al revés).
Paseo por la playa de Ipanema. Muchos cuerpos bonitos enfundados en bikinis enanos y baniadores ajustados, que no nos acomplejaron a la hora de lucir nuestra chicha al sol.
Atardecer en el lago Freitas, lo mejor del día: la puesta de sol sobre el agua, nosotros tirados en el verde y un fotógrafo profesional que nos tomó como modelos para formar parte de un libro sobre el ocio y el lago. En esta ciudad la gente disfruta del deporte en la playa y en los parques. Realmente contagian las ganas de mantenerse en forma.
-Ana-

FOTO DE MARAVILLA
- Aquí, aquí - dije yo mientras extendía una toalla naranja sobre la hierba.
- Da gusto... - comentó ella.
- Qué
- ... lo bien preparados que estamos - y me guinió el ojo.
Nos sentamos uno junto al otro, muy uno junto al otro y la tarde fue descendiendo hasta la altura de nuestros ojos. Había gente que cosía un paso al siguiente y pasaban por detrás de nosotros y rodeaban el lago muchas veces. Otros preferían la redondez de las bicicletas. Eran miles de ellos y salían más de todas partes y era agradable notar su presencia en nuestras vidas, como si esa presencia fuera, de alguna manera, una buena justificación para haber salido del hotel aquella maniana.
- Vamos a hacernos una foto a nosotros mismos - pensé en voz alta porque me gusta creer que hay veces en las que la felicidad puede salir en las fotos.
A la décima foto comprobamos que la felicidad salía, que llenaba todo, pero que nosotros quedábamos un poco feos. En ese momento llegó hasta nosotros una Nikon F6 con dos patucas que nos dijo que se llamaba Leonardo y que quería hacernos una foto mientras nos hacíamos una foto.
Accedimos con alegría, porque Leonardo estaba preparando un libro de fotografía sobre el lago. Y el lago era, desde hacía un par de horas, un gran amigo nuestro.
Simulamos una nueva toma para Leonardo y comencé a pensar en que me gustaría hacer una foto en la que Leonardo nos hiciera una foto a nosotros mientras nos hacíamos una foto. Resultó igual de doloroso que caerse dentro de un espejo, pero el dolor apenas duró un instante. Fue peor el eco del dolor, que no se iba.
Me encontraba en un espacio duro, de tan denso, en el que costaba caminar. Avanzaba con esfuerzo hacia algo que, en la distancia, parecía ser un gato sonriente que aparecía y desaparecía. Al acercarme comprobé que era una cama plegable con una colcha de Mickey Mouse. Quería decirme algo y yo quería escucharla. La cama se parecía, de perfil, a Nietsche y me di cuenta de que gurgutaba en alemán. Creí entender algo como que del camino recto hay que saltarse las curvas, lo que en ese instante fue una gran revelación para mí y me esforcé en retener aquella tontería, repitiéndola hasta que entré en un trance idiota.
Luego me encontré con un conejo con un reloj en el culo, que sólo decía que no llegaba, pero que tampoco avanzaba, porque no hacía más que dar vueltas sobre sí mismo para ver qué hora era. Ahí estuvimos un rato, uno detrás del otro, como planetas borrachos, porque a mí, en el trance, me había dado por caminar dos pasos con la pierna derecha por cada uno de la izquierda. El conejo me miraba con ojos llorosos, como diciendo "tú que puedes, dime la hora, no seas inhumano". En una órbita extrania en la que nosacercamos lo suficiente el uno al otro vi que lo que desde lejos parecía un reloj era en realidad una manguera contraincendios. Me dio pena y grité "menos cuarto!" pero era ya tarde, demasiado tarde. Estábamos rodeados por finísimos soldados que eran cartas de una baraja espaniola. Entre el cinco de copas (que olía un poco a tintorro) y el dos de bastos me llevaron en volandas. Al conejo también lo habían apresado y sudaba manecillas de reloj.
Nos soltaron con cierta brusquedad delante del trono de la sota de espadas, pero tenía la ventanilla cerrada porque era su hora de comer y nos llevaron al reino de guardia, donde un siete de oros se atusaba los rizos. Cuando vió al conejo, se puso rojo de ira y gritó "corten cabeza... ya!". El tres de copas le despegó una daga al cuatro de espadas, que se arrugó como si le hiciera cosquillas una enfermera al quitarle el termómetro, y zás! le segó la garganta al siete de oros. Las monedas rodaron por el suelo y los soldados echaron a correr detrás de ellas y nosotros en la dirección opuesta. El conejo se enredó los pies con la manguera que le salía del culo y yo lo dejé atrás porque el palacio era redondo y se ajustaba tan bien a mi forma de caminar que, al poco rato, le volví a dar caza. Lo adelanté y lo dejé atrás un sinfín de veces, como si el espíritu olímpico me invadiera por dentro... cuando llegó al nivel rojo, me detuve. Recapacité. El camino recto... las curvas... la tontería volvía a tener sentido para mí. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Salí del palacio y de la ensoniación.
Leonardo, detrás de nosotros dos, trataba de enfocarnos mientras nosotros enfocábamos la puesta de largo del sol anaranjado, la cítrica superficia plácida del agua. "Mierda, me va a sacar la calva", pensé. Entorné los ojos y creí ver al conejo nadar hacia el ocaso. Nadaba recto y llegaba tarde.
(NOTA: ver foto arriba a la derecha)
-Luis-

2 comentarios:

m dijo...

Acabo de recibir el mail de Luis con la dirección del blog y ya me he ventilado todas las entradas. Gracias por compartir vuestra aventura con nosotros! Seguiré al tanto diariamente de vuestro periplo. Un beso enorme. Take care!

m dijo...

ups... "m" es mencía!